Todo comenzó con una pequeña nota en la sala de clases que decía: ‘dame una oportunidad’.
Teníamos 18 años y estábamos por terminar el colegio; aunque no sabíamos qué nos deparaba
el futuro, de lo único que siempre tuvimos certeza era de que seríamos el amor de nuestras
vidas.
En este camino hemos crecido, aprendido y alcanzado cada meta juntos. El fruto más bello de
nuestro amor es nuestra Julieta, la prueba viva de que Dios existe y quien llena de sentido
nuestros días, junto a nuestra amada hijita perruna, Miyu.
Hoy le pedimos a Dios que nos permita seguir caminando juntos para siempre.